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lunes, 13 de abril de 2026

SEÑALES DE HUMO




    Se entreveían los primeros claros de la mañana por la jabal de Almagro, y aunque había amanecido con viento de levante y amenazante de lluvia el al-tlat, segundo día del ramadán del 809, Ahmed, el alcaide de la turris de Parrazes no le prestó demasiada atención, ya que nada más asomar la cabeza a la puerta de la casa principal de la qarya que había junto a la torre, comenzó a ver ahumadas en la burj de La Ballagona y el hins de Obera.
  Apresuradamente despertó a sus compañeros de yahmi, su segundo de origen sirio y un soldado homiciano, que habían pasado la noche a turnos de cuatro horas en la terraza de la torre a la espera de acontecimientos. Ya estaban avisados desde el al-Sabt pasado cuando el general Ridwan viniendo desde Bayra, repartió tropas en las fortalezas y torres de la frontera, Aynalguid, Obera, Warqal, Hurtal, Xuxena, Al-Arbulí y Al-Bujs, indicándoles que se esperaba un ataque cristiano desde Lurqa.
    Ahmed llamó de nuevo a su lugarteniente Brahim, que se hacía el remolón en el colchón de paja sobre el que descansaba en el pequeño cuerpo de guardia de la casa aneja.
-Brahim, ¡te voy a dar un puntapié como no salgas inmediatamente y te pongas a hacer señales al hins de Xuxena y a la burj de Al-Arbulí, que te vas a enterar! ¡No te das cuenta que estamos en alerta de ataque cristiano!
  Brahim se frotó los ojos con insistencia e hizo caso a su jefe de mala gana, pensando: ¡No me extraña que esté rendido, si apenas he dormido dos horas esta noche! De forma autómata despertó de un empujón a su compañero de guardia y de camastro Yamal, que parecía más cansado aún que él. ¡Levántate de una vez, que has dormido esta noche como un lirón! ¡Menudo compañero!
   Yamal, de origen homiciano, obedeciendo a regañadientes la orden del segundo, le contestó un despectivo -¡Uhmm! Seguido de ¡Voy!
  Los dos, cogiendo un puñado de arbardín y una manta, se dirigieron hacia la escalera que subía por la parte exterior de la torre. Una vez escalada la parte baja, tomaron un trozo de leña ardiendo de la chimenea que estaba siempre encendida en la primera planta, subieron por la escalera interior hacia la azotea de la torre, disponiéndose a quemar el arbardín como mandaba la orden, cubriéndolo con la manta cada cierto tiempo.
-¡Yamal, acerca el ascua a la leña! ordenó Brahim. 
  El soldado colocó las ramas de la gramínea en el tiesto de quemar del promontorio central, y procedió a prender fuego a la mata, pero esta con la escarcha de la noche se resistía.
-¡Maldita leña! ¡No arde de ninguna manera! ¡Acerca un poco más el fuego, Yamal!
  Por fin el arbardín comenzó a quemarse y la humareda surcó el cielo de Parrazes.
  Pronto respondieron desde Xuxena y Al-Arbulí con la misma señal, indicando que estaban prevenidos.
-¡Yamal, quédate arriba! -le ordenó Brahim- Voy a bajar a ver lo que dice el alcaide. ¡Estate atento a cualquier otra señal de los alrededores!


   El día transcurrió con alguna otra marca de la torre de la Ballagona, indicando que los cristianos habían llegado y estaban atacando Bayra. A media tarde llegó por el al-Rasif de la madina de Bayra un mercader de lino y seda, relatándoles que los lorquinos se habían asentado en las huertas de Bayra talando los árboles y quemando molinos y casas, para después atacar las tres puertas de la ciudad. El comerciante no sabía lo ocurrido después, ya que había huido lo más raudo posible cuando los cristianos comenzaban a atacar la muralla.
  Ahmed le interrogó sobre la cantidad de kuffar que habían llegado a Bayra, a lo que Mustafá -que así se llamaba el mercader- le contestó:
-No lo sé exactamente, señor, pero no menos de cuatro mil perros cristianos. Seguro que más de tres mil lanceros, y varios cientos de a caballo. ¡Bayra no podrá resistir! ¡Que Alá los proteja! -le espetó el tajir.
  El caid despachó a Mustafá, que tenía prisa en llegar a Almizaraque -cerca de Cantoria- donde residía. Sopesando la noticia del ataque a Bayra, y augurando que si era cierto lo que le contó el arraix Ridwan, los cristianos tenían previsto dirigirse Wädi l-Mansura arriba, hasta llegar al castillo de Obera, y continuar ribera arriba hasta donde pudieran. Por lo tanto ¡estaban en peligro!
  Con este pensamiento rondándole la cabeza, el alcaide se dirigió de nuevo hacia la casa principal de la alquería, casa que aún mantenía el zócalo de mármol de Machael y el interior típico de época romana. Abrió la puerta de golpe, sorprendiendo a los guardias que se disponían a comenzar la vigilancia en la torre.
  El turno de esa noche les correspondía a los soldados Abrahym y Muhammad, el primero de origen bereber y el segundo también homiciano. No se fiaba mucho de los cuatro homicianos que le había dejado Ridwan, pero tendría que aguantar y confiar en ellos, aunque siempre los colocaba con algún peón parracero. No le agradaba dejar la guardia en manos de musulmanes que redimían su condena de delitos de sangre realizando trabajos de vigilancia en la frontera; prefería incluso al integrista almohade Amin, que se había quedado voluntario en la aldea, antes que a asesinos a los que les importaba poco si su víctima era musulmana o perro cristiano.
-¡Terminad pronto de comer, que Karim se está desesperando ya en la torre! -gritó sin ningún miramiento a los dos guardias.
  Los soldados lo miraron desafiantes.
-¡Señor, no nos meta prisa, que es el primer alimento que comemos en todo el día! -respondió Muhammad de malas maneras.
  El alcaide renegó para sus adentros, pensando: “¡Maldito ramadán! Los infieles nasrani han aprovechado bien la oportunidad para atacarnos en pleno mes santo para encontrarnos desvalidos con el ayuno”.
-¡Malvados herejes! volvió a blasfemar el moro. ¡Alá nos proveerá! ¡Dios es grande!
  La noche fue movida, a media masa´an le despertó Muhammad indicándole que había fogata en la alcazaba de Xuxena y que podía observar movimiento de tropas llegando a ella.
-Ahmed se sorprendió gratamente:
-¡por fin llegan refuerzos! ¡Esperemos que los cristianos no se enteren y podamos sorprenderles en Bayra!

  Al amanecer, principio del al-arba´a, día 3 del ramadán del 809, recibió proveniente de Xuxena un mensajero que lo informó de que habían llegado a este bálad quinientos caballeros y dos mil peones comandados por el qayid Alí ben Muza de Bastha, en socorro de Bayra.
  El alcaide se llenó de gozo al escuchar la noticia del enviado, y llamando a sus soldados los previno para la llegada del caudillo horas después:
-¡Guerreros, poneos vuestras mejores galas para recibir a Alí, el caudillo de Baza!
  La tropa compuesta por diez soldados -cuatro residentes en la alquería, y seis más de los dejados por Ridwan-, se dispuso a pertrecharse de su mejor atuendo militar: los vecinos de Parrazes sólo disponían de tres cimitarras y una kabila; los recién llegados de una jineta cada uno; tres puñales de oreja se distribuían entre la tropa bereber; adargas sí tenían todos, pero las de reemplazo eran de peor calidad y casi en descomposición; tres de ellos eran arqueros -dos con el típico arco árabe, el afranyi, y uno con una ballesta-; los otros siete disponían de azagayas; con respecto a la protección, sólo dos de los llegados tenían en propiedad celadas llenas de golpes y bolladuras, ninguno de ellos disponía de armadura ni mallas de protección.


  Pero la alegría por la esperada visita del adalid de Baza pronto cambió al ver las noticias que llegaron a media tarde por ahumadas desde la bury de la Ballagona. La señal sorprendió al alcaide, informando que el poderoso ejército cristiano había decidido dejar el asedio de Bayra para subir por el camino del algibe del Garrobo, próximo a la torre.
-¡Condenados perros cristianos! ¡Como se den un poco de prisa, al anochecer los tenemos aquí! ¡Alá nos proteja!
  El caid, congregando a su soldada en el rellano frente a la casa, les reveló el comunicado. Hubo improperios de todo tipo.
  Mientras, el jefe observaba a su tropa.
-¡Menudo panorama! refunfuño Ahmed, viendo el armamento de su “ejército” -¡No aguantaremos ni un minuto cuando llegue la avanzadilla infiel! al tiempo que se vestía con sus mejores galas y se protegía con sus cuidadas armas: jineta, daga de oreja, lanza larga, adarga y yelmo, él tampoco disponía de protección corporal. ¡Ya le gustaría tener una armadura de malla con la que se avecinaba!
  Predispuso a la tropa en posición de vigilancia, dos en la plataforma de señales, a cuatro los envió a la parte alta de la alquería cerca del cementerio, a vigilar los movimientos del enemigo, y a los otros los dejó ayudando a los habitantes de la aldea a reunir el ganado, a traer las vituallas de la huerta y a preparar todo para la noche que se presuponía alterada.
  Pero la noche fue tranquila, las nuevas señales de la Ballagona apuntaban a que los cristianos se habían parado nada más pasar frente a la torre, presumiblemente en el campo de Naura, dando vista a la fortaleza de Obera, pero sin molestar a esta ni a la torre vigía.

  Sin embargo, cuando iban a dar las primeras luces del al-jmís, día 4 del ramadán, llegó apresuradamente Samir, uno de los vigías situado en el alto junto a la al-maqbara, explicándole con el resuello entrecortado:
Sidi, por los olivares del campo de Naura viene una gran hueste de rumis, levantando una vasta cantidad de polvo, visible hasta con la luna, dirección al paso de la aleaqid junto al nahr al-Mansura, dirección Xuxena!
  Ahmed, nada más escuchar al soldado, dio orden para que volvieran los vigías junto al cementerio, y a voces despertó a los vecinos de la aldea y a los soldados de retén, ordenándoles que entraran en la casa y en la torreta. Dejó a dos soldados junto a los parraceros encerrados en la casa fuerte de la qarya, y los restantes se introdujeron por la escala a la primera planta de la torre, izándola, no sin esfuerzo.
  El alcaide dio orden a Brahim para que hiciera señales a Xuxena de que estaban siendo atacados y de que el ejército castellano se dirigía hacia la población.
  A la hora de poner a salvo al personal, y cuando apenas se veía un resplandor de día por la ru´aa Filabris, apareció un escuadrón de soldados cristianos a caballo por el camino de la Tejera, dirección a la torre. Nada más situarse próximos a las construcciones se dividieron en dos grupos de seis; unos fueron hacia la parte baja de la comunidad donde se encontraba el alfar, las casas, la pequeña mezquita, el horno, y sobre todo los corrales. Un primer soldado castellano rompió la puerta del albacar, y se dispuso a sacar, ayudado por sus compañeros, el ganado compuesto de ovejas, cabras y alguna vaca. De nada sirvieron las saetas que les lanzaban desde la plataforma de la torre: estaban demasiado lejos.
  Cuando estuvieron a tiro, el otro grupo comenzó a arrojarles flechas con sus ballestas para intimidar a los torreros, a lo que fueron respondidos por los árabes, tanto desde la plataforma como de las saeteras. También intentaron asaltar la casa, pero los mahometanos se resistieron bien, y la amplia puerta de origen romano, resistió el envite.
  Pasada una hora desde el comienzo del ataque, los cristianos, viendo que no podían asaltar la torre ni la casa fuerte, abandonaron el asedio, dejando muerto a uno de ellos, alcanzado por un venablo musulmán junto al aljibe contiguo a la torreta, llevándose un número indeterminado de ganado y víveres de las casas.
  Por parte musulmana, dos soldados sufrieron sendos flechazos, el homiciano Yamal tenía una flecha en el hombro izquierdo, y a Malek, un bereber afincado en Parrazes desde hacía ya cuatro años, otra saeta le había atravesado la mano izquierda.
-¡Ninguno de ellos morirá de esto! ¡Gracias a Dios! -pensó Ahmed, de algún modo satisfecho con la defensa de la alquería.
-¡Podría haber sido peor, si entran en la casa donde estaban las mujeres y los niños habría sido una catástrofe! -sobre todo, el alcaide pensaba en su mujer Fátima y su hijo de 10 años, Nahim, llamado así en honor de su padre, al que tanto veneraba.
  Cuando desde la torre este de la alcazaba de Xuxena vieron que la burj de Parrazes estaba siendo atacada, y que el gran ejército murciano se acercaba próximo ya al Llano de las Eras, el caudillo Alí sacó a su hueste por la puerta de El Portacho dirigiéndose al pago de Calafa, con la intención de encontrarse con los cristianos a campo abierto. La compañía nazarí la formaban quinientos moros a caballo, dos mil hombres a pie y quinientos ballesteros.
  Nada más subir los sarracenos la cuesta de la Tejera, se encontraron a una media mîl árabe a la milicia castellana. Inmediatamente el qayid árabe mandó distribuirse las tropas, dando órdenes a sus nuqabâ para colocarse en posición.
-¡Los caballeros en la batalla izquierda, y los peones, lanceros y arcabuceros en la derecha! -ordenó el caudillo a sus capitanes.
-¡Ismael! -le gritó al cadí zurgenero- ¡tú junto a mí! Necesitaré tus consejos como conocedor del terreno -dijo el jefe árabe, situándose con sus mandos en un altozano próximo a la Tejera. Y profiriendo las arengas ¡Que Alá nos conceda su gracia! ¡Al hamdu lil lah! (alabado sea Dios), hizo señal a sus capitanes para comenzar el combate.


  Viendo la disposición de los moros, el mariscal García de Herrera situó a su tropa en tres batallas, la primera formada por los de a caballo con los de armas en la delantera; otra batalla con dos mil quinientos peones, y por último, otra con quinientos peones de los más selectos.
  La contienda comenzó con el ataque de la infantería. La lucha fue encarnizada con las fuerzas de a pie netamente igualadas, pero el ataque de la caballería murciana arrolló a la musulmana, desbaratando la formación de estos, obligando a Alí a dar la orden de retirada.
  -¡Retirada en formación hacia el olivar de Alfoquía! ¡In sha Allah! (Si Dios quiere) -se desdeñó gritando el caudillo bastetano.
  Los peones protegidos por la caballería apenas pudieron llegar a los primeros bancales de olivos cuando los caballeros cristianos se les echaron encima. Se entabló de nuevo la guerrilla, los moros protegidos por los olivos arcabucearon a los caballeros lorquinos, pero la superioridad manifiesta de estos, obligó a los musulmanes a retirarse en desbandada hacia la protección de la muralla de Xuxena. En el campo de batalla quedaron varias decenas de mahometanos muertos, así como un gran número también de cristianos, siendo dantesco el espectáculo. Entre los muertos se encontró a Alí ben Muza, el caudillo bacino, que fue alcanzado por fuego de arcabuz.
  Finalmente, a media tarde el empuje cristiano consiguió derribar la puerta este de la muralla, llamada del Portacho, entrando en estampida contra la milicia que había conseguido llegar desde el olivar. Se produjeron combates en las calles de la villa, aprovechando los caballeros musulmanes para huir por la puerta principal y del Matadero hacia Arboleas, y los de a pie se retiraron -los que lo lograron- a la alcazaba.
  La caída de la noche hizo que los castellanos interrumpieran el asalto al castillo, retirándose al real instalado en el olivar de La Alfoquía.


  Mientras esto ocurría, en la torre vigía de Parrazes el caid Ahmed había observado detenidamente la derrota de su ejército en el Llano de las Eras, la persecución hasta el olivar, y el repliegue hasta las murallas de Xuxena. La caída de la noche no le dejó ver apenas nada más del encuentro, pero por el movimiento de antorchas en la alcazaba pudo suponer que los cristianos estaban intentando atacar la muralla interior para acceder a la fortaleza.
  Pero eso a él ahora no le preocupaba demasiado, tenía cosas más importantes que hacer, entre ellas la de poner a salvo a los vecinos de la alquería.
  En el silencio de la noche, reunió a los treinta y cinco habitantes de la aldea y a la decena de soldados de la guarnición, informándoles de lo ocurrido.
-¡Los infieles después de atacarnos, han guerreado contra las tropas del arráez Alí, derrotándoles en el Llano, para después atacar Xuxena y su alcazaba! ¡Ha sido un verdadero desastre! ¡Alá nos ha abandonado!
  Los parraceros, incrédulos, comenzaron a cuchichear entre ellos.
-¿Cómo era posible que unos simples cerdos cristianos hayan derrotado al todopoderoso ejército nazarí? ¿Qué ha podido ocurrir para que esto suceda? -y pasando ya directamente a sus intereses particulares -¿Qué será de nosotros ahora que no tenemos la protección de nuestra hueste?
  El nerviosismo empezó a hacer mella en los parraceros, acercándose al caid con intención de incitarle a tomar una determinación.
  Pero Ahmed ya tenía clara su decisión.
-¡Tranquilidad! He decidido que las mujeres, los niños y las personas mayores que no puedan pelear saldrán esta misma noche con las pertenencias que puedan acarrear rambla de Santopétar arriba hasta la alquería de Almarxalejo. Allí esperarán los acontecimientos, y si es necesario, continuar hasta territorio de los Balix.
-Los demás -afirmó contundente el caid- defenderemos la aldea, aún a costa de nuestras vidas. ¡Que Alá nos proteja! ¡No dejaremos que destruyan lo que tantos años nos ha costado levantar!
  A media noche, aprovechando que el cielo estaba cubierto de nubes, salió la expedición por el paraje al-Naoor dirección al río Almanzora, bajando ribera abajo hasta acometer la rambla de Santopétar una vez pasado el molino llamado de Parrazes. En la partida iban nueve mujeres, doce niños y seis mayores, que arrastrando los pies por el peso del equipaje, lloraban la separación de sus familiares, pertenencias y hogares.

  Al alba del al-yumua´a, 4 del ramadán del 809, los cristianos ya habían comenzado con un nuevo saqueo a Xuxena, encontrando grandes despojos de la lucha. Requisaron más de cien caballos, corazas, adargas y espadas de los restos musulmanes, pero cuando se disponían a hacer un nuevo intento de acceder a la fortaleza, llegó un emisario, de los dos que el mariscal había enviado a recorrer el Almanzora aguas arriba, previniéndoles que mucha gente de moros se juntaba en Cantoria para venir contra ellos.


  Ante la noticia del mensajero, el mariscal García de Herrera, reuniendo a su consejo, decidió emprender la retirada por el campo de Warqal, dirección a Lurqa.
  Los preparativos de la retirada les llevó todo el medio día, partiendo al atardecer hacia su destino, una vez que comprobaron que los sarracenos no hacían aparición, con la intención de atravesar a plena noche frente a las fortalezas de Obera y Warqal, pero dejando a un numeroso grupo en la retaguardia.
  El regreso fue mucho más lento debido a la carga de enseres y animales que habían conseguido de botín. Una vez atravesado el pago de Calafa y subida la cuesta de La Tejera, tomaron dirección al olivar del campo de Naura, por donde querían cruzar el Wädi l-Mansura camino de Lorca.
  Pero cuando la tropa se acercaba a las inmediaciones de Parrazes, el señor de Librilla, Alonso Yáñez Fajardo, dolido por no haber podido tomar la torre el día anterior, envió a una compañía con intención de sacarse la espina y conseguir tomar lo que le fue negado.
 Los diecinueve defensores parraceros, desde la torre, vieron venir a los más de cien peones, arcabuceros y ballesteros, y a algún que otro caballero castellano, con la intención de tomar la torre.
-El cadí Ahmed dispuso a su gente en posición de resistir la embestida de los isawi, pero admitiendo que eran demasiados contrincantes para resistir mucho tiempo.
  Situó a varios de ellos con los pocos arcos que tenían en las saeteras de la torre y en la plataforma superior, e hizo que prepararan aceite hirviendo y piedras de gran tamaño por si intentaban escalarla.
  El ataque murciano se produjo una vez que tuvieron conciencia de que les podían hacer daño a los sitiados dadas sus escasas defensas. El señor Alonso Fajardo colocó a los ballesteros que enviaban una lluvia de saetas contra los hombres situados en la parte superior de la torre, mientras que los peones, con varias escalas traídas de Xuxena, se acercaban peligrosamente a la pared de esta con intención de escalarla. Aunque en principio se vieron sorprendidos por la caída de piedras y aceite caliente, pronto comenzaron a ascender hacia su objetivo.


  El gran número de atacantes hizo temer la derrota a los musulmanes. El jefe árabe, desesperado, y viendo que ya habían caído presa de las flechas cristianas nueve de sus combatientes, cuatro vecinos y cinco soldados, dio orden de retirada.
-En voz baja, Ahmed llamó a los nueve hombres supervivientes: indicándoles.
-¡Preparad la huida! ¡Despejad la trampilla bajo el hogar del fuego, y disponeos a salir ordenadamente!
  La soldada despejó el fuego aún existente quitando la caldera de aceite y las ascuas de la hoguera, descubriendo una gran losa de piedra que daba acceso a una oquedad negra como la noche.
-Bajad de uno en uno, primero los cuatro parraceros -dos de ellos heridos- después los tres soldados maltrechos y sangrantes.
-Brahim -ordenó a su lugarteniente- tú, Muhammad y Karim quedaos junto a mí, distraeremos a los perros castellanos hasta que comprendamos que están en la salida del túnel.
  En el exterior las voces de los murcianos se escuchaban cada vez más próximas. Los escaladores, ahora molestados por apenas cuatro hombres, se acercaban peligrosamente por las gradillas hacia la entrada de la cámara principal donde ellos se encontraban.
-¡Reuníos en la entrada de la gruta y preparad la losa para colocarla de nuevo una vez que hayamos bajado! -ordenó Ahmed.
  Los dos combatientes que se encontraban en la plataforma alta, bajaron apresuradamente trastabillándose, pero decididos a que sólo tenían una oportunidad para huir.
-¡Coged dos antorchas y aligerad la marcha, que están llegando a la entrada! -les gritó el caid.
  Entre los cuatro hombres, tras un gran esfuerzo, consiguieron desplazar la losa de piedra hasta tapar la entrada. Y corriendo por el pasadizo desaparecieron en la oscuridad de la galería…

  Los cristianos consiguieron derrumbar la puerta blindada de la casa fuerte de la alquería, aneja a la torre, destrozando todo lo que pudieron en su interior. Arrojaron a los moros muertos al aljibe, y llevándose los víveres y el resto de ganado que aún permanecían en los corrales, emprendieron la marcha para alcanzar al grueso del ejército, que ya estaba llegando a las inmediaciones de Obera. Descubrieron el paso subterráneo, pero no les pareció necesario perder más tiempo en perseguir a los pocos sarracenos que habían conseguido huir.


  Los parraceros por fin consiguieron llegar a la salida del túnel, y llenos de polvo, humedad y miedo, una vez recontados los pocos supervivientes, se dispusieron a tapar con piedras y tierra el final de la galería, temerosos de la aparición de algún atrevido perro murciano. La salida, desconocida para la mayoría de ellos, daba a un olivar de la huerta, y estaba camuflada por una higuera grande, que hacía irreconocible la oquedad que les había salvado la vida.
  Una vez tranquilizados los ánimos y percibido el tropel de la tropa lorquina retirándose camino abajo, los musulmanes se atrevieron a decir.
  -¡Alá es grande! y echándose al suelo, rezaron dirección a la Meca.

Fechas:

- al-tlat, 2 ramadán 809 – Jueves, 10 de febrero de 1407
- al-arba´a, 3 ramadán 809 – Viernes, 11 de febrero de 1407
- al-jmís, 4 ramadán 809 – Sábado, 12 de febrero de 1407
- al-yumua´a, 5 ramadán 809 – Domingo, 13 de febrero de 1407

Vocabulario árabe-español:

- Afranyi: Ballesta árabe 
- Al-arba´a: Miércoles
- Albacar (al-baqqara): Recinto para ganado 
- Aleaqid: Tejera
- Al-jmís: Jueves 
- Al-Maqbara: Cementerio
- Al-Naoor: Noria 
- Al-Rasif: Camino
- Al-Sabt: Sábado 
- Al-tlat: Martes
- Al-yumua´a: Viernes 
- Arraix: Caudillo
- Bálad: Población 
- Burj: Torre
- Bury: Torre 
- Caid: Jefe
- Hins: Castillo 
- Isawi: Seguidor de Jesús
- Jabal: Montaña 
- Kabila: Espada musulmana
- Kuffar: Infieles. No creyentes 
- Madina: Ciudad
- Masa´an: Noche 
- Mîl: Milla árabe
- Nasrani: Nazareno 
- Nuqabâ: Capitán
- Qarya: Alquería 
- Qayid: Comandante
- Ramadán: Noveno mes calendario islámico 
- Rumis: Romano / Cristiano
- Sidi: Señor 
- Tajir: Mercader
- Turris: Torre de vigilancia de origen romano 
- Yahmi: Guardia

Topónimos árabe-español:

- Al-Arbulí: Arboleas 
- Al-Bujs: Albox
- Algibe del Garrobo: Aljibe del Algarrobo 
- Almarxalejo: Almajalejo
- Aynalguid: Cuevas del Almanzora 
- Balix: Vélez
- Ballagona: Ballabona 
- Bastha: Baza
- Bayra: Vera - Campo de Naura: Campico de San Miguel / La Concepción 
- Hurtal: Úrcal
- Lurqa: Lorca 
- Machael: Macael
- Nahr al-Mansura: Río Almanzora 
- Obera: Overa
- Ru´aa Filabris: Sierra de los Filabres 
- Xuxena: Zurgena
- Wädi l-Mansura: Río Almanzora 
- Warqal: Huércal

* Las imágenes han sido creadas con varios programas de inteligencia artificial.

Este relato histórico aparece en la obra "LETRAS DE PALACÉS. NARRATIVA 2" editado por Arráez Editores en mayo de 2025, páginas 157-168.


                              (C) ANDRÉS SÁNCHEZ DOMÍNGUEZ 2025/2026

lunes, 6 de enero de 2025

FARAX, EL NEGRO “ZURGENERO”

"El verdadero modo de vengarse de un enemigo es no parecérsele".
Marco Aurelio



    Había nacido Farax Abén Farax en la prestigiosa familia de los Abencerrajes granadinos, pero cayeron en desgracia durante el reinado de Abu Nasr Saad. El día de la abdicación de este, sus hijos Muley Hacén y el Zagal citaron a varios de sus familiares asesinándoles en la Alhambra. Desde entonces al salón se le llama de los Abencerrajes.
    Su infancia se desarrolló en el Albaicín entre las vivencias propias de una niñez acomodada y los recuerdos de la muerte de su abuelo por los nazaríes. La juventud de Farax se radicalizó con la represión inquisitorial a sus correligionarios moriscos; y ya en su madurez, con la aplicación de la pragmática de Felipe II, donde se prohibía hablar en arábigo, vestir a lo morisco y un largo etcétera que les obligaba a dejar todas sus costumbres islámicas y convertirse al catolicismo. Abén Farax era un ferviente y practicante musulmán que no aceptó de buen grado estas leyes, propiciando un odio exacerbado a los cristianos y sobre todo al clero.
    El oficio del rico morisco era el de comerciante de tinte de arrebol, un cosmético de color rojizo que las mujeres se aplicaban en las mejillas para darse color; pero la aplicación de la pragmática trastocó sus planes haciendo que su comercio entrara en quiebra al prohibir tener esclavos negros, imprescindibles para llevar a cabo su negocio.

    En septiembre de 1568 se reunieron en el Albaicín, en casa del cerero el Adelet, los principales jefes de las familias granadinas: Hernando de Válor el Zaguer, Diego López Abén Abóo, Miguel de Rojas, Farax Abén Farax, y otros personajes influyentes, incluidos algunos monfís llegados de las Alpujarras como Esteban el Partal y Lope el Seniz.
    Comenzó hablando el instigador de la reunión, don Hernando de Válor el Zaguer, hombre de gran autoridad y entendido en cosas del reino y de su ley:
    -Los moriscos somos tratados y tenidos como moros entre los cristianos para ser menospreciados, y como cristianos entre los moros para no ser creídos ni ayudados. Excluidos de la vida y conservación de personas, nos mandan que no hablemos nuestra lengua. No entendemos la castellana: ¿En qué lengua tendremos de comunicar los conceptos, y pedir o dar las cosas? Aun a los animales no se vedan las voces humanas. ¿Quién quita que el hombre de lengua castellana no pueda tener la ley del Profeta, y el de la lengua morisca la ley de Jesús? Llaman a nuestros hijos a sus congregaciones y casas de letras, les enseñan artes que nuestros mayores prohibieron aprenderse, porque no se confundiese la puridad, y se hiciese litigiosa la verdad de la ley.
El anciano, casi con lágrimas en los ojos, prosiguió:
    -Nos mandan dejar nuestro hábito y vestir el castellano. Se visten entre ellos, los tudescos [alemanes] de una manera, los franceses de otra, los griegos de otra, los frailes de otra, los mozos de otra, y de otra los viejos; cada nación, cada profesión y cada estado usa su manera de vestido, y todos son cristianos; y nosotros moros, porque vestimos a la morisca, como si tuviéramos la ley en el vestido, y no en el corazón.
    El Negro Farax asiente contrariado:
    -Nos quitan el servicio de los esclavos negros; los blancos no nos eran permitidos por ser de nuestra nación; los habíamos comprado, criado, mantenido... ¿Qué harán los que no tuvieren hijos que los sirvan, ni hacienda con que mantener criados si enferman, si se inhabilitan, si envejecen, sino prevenir la muerte? Van nuestras mujeres, nuestras hijas, tapadas las caras, ellas mismas a servirse y proveerse de lo necesario a sus casas; les mandan descubrir los rostros, si son vistas, serán codiciadas y aun requeridas.
   La reunión continuó de manera acalorada, donde cada morisco explicó su parecer, llegando finalmente a la decisión de fijar la fecha de la noche de Navidad para proceder a la rebelión, ya que los cristianos, como indicó el Zaguer:
    -La gente de todos los pueblos está en las iglesias, solas las casas, y las personas ocupadas en oraciones y sacrificios; cuando descuidados, desarmados, torpes con el frío, suspensos con la devoción.
    Se acordó comenzar por alzar el Albaicín y no advertir a los de la Alpujarra hasta el día que se hubiese de hacer el hecho, ya que estos como gente rústica que eran, no guardarían el secreto. Los mancebos y gandules moriscos una vez rebelado el Albaicín y matado a los cristianos viejos, escalarían y tomarían la Alhambra, y los demás lugares se levantarían al tener conquistados tan grandes lugares. Así quedó el acuerdo, secundado por los cabecillas de la revuelta, designando a Farax Abén Farax, el Tagari, Mofarrix, Alatar y Salas como capitanes de la toma del Albaicín.

    Farax escribió una carta a los lugares sobre la rebelión donde daba indicaciones: “Ya sabéis por nuestros pronósticos y juicios lo que Dios nos ha prometido; la hora de nuestra conquista es llegada para ensalzar en libertad la ley de la unidad de Dios, y destruir la del acompañamiento de los dioses, porque con la ayuda y favor de Dios estéis todos prevenidos y a punto de guerra para venir a Granada a dar en estos descreídos el día señalado”. (Farax firmaba como gobernador de los moros y siervo de Dios altísimo).

    Pero no contaban con la codicia de los moriscos de la Alpujarra, que el día 23 de diciembre, dos días antes de la fecha acordada, comandados por el Partal de Narila y Lope el Seniz de Bérchules atacan y asesinan a cristianos viejos en Poqueira y Ferreira, pueblos de la Alpujarra, extendiéndose la rebelión rápidamente por las tahas alpujarreñas.

    El viernes día 25, fiesta del nacimiento de Jesús, se celebró con solemnidad en Granada, con más gente de armas de lo acostumbrado rondando las calles, ya que la presencia de moriscos forasteros en la capital no presagiaba nada bueno. El sábado 26 llegaron las noticias de la rebelión de las Alpujarras, pero el presidente de la Chancillería y el marqués de Mondéjar no le hicieron demasiado caso.
    Solo entre las filas moriscas del Albaicín lamentaron que los monfís se adelantaran y no hubiesen esperado a que este se levantara, como estaba acordado.

    Farax, apercibido de lo ocurrido en Granada, tomó a sus capitanes monfís el Nacoz y Gonzalo el Seniz, partiendo hacia la vega granadina a reclutar a los bandoleros que pudieron. Se reclutó un ejército de seis mil hombres entre los monfís y los exaltados de las Alpujarras, pero cayó tanta nieve en Sierra Nevada que hizo imposible el camino por pasos y veredas; solo Farax con ciento cincuenta hombres consiguió cruzar la sierra y situarse a la entrada del Albaicín. Intentaron levantar al pueblo haciéndole promesas de la venida de apoyo de Argel y Fez, y de la llegada de armas; pero fue en vano. Los moriscos del Albaicín se atemorizaron y, temiendo la venganza del rey católico, no secundaron la revuelta. Mientras, el Tagarí y Mofarrix esperaban al Negro para entrar en la Alhambra.
Incluso algún anciano, asomándose a la ventana, les preguntó:
    -¿Cuántos sois?
    -Ciento cincuenta -Farax le contestó.
A lo que el viejo respondió:
    -Pocos sois y venís presto.
Farax, enfadado, comenzó a quejarse de los albaicineros, diciendo:
    -¿Cómo me habéis hecho perder mi casa, mi familia y mi hacienda, y darme a las sierras con los perdidos, por solo poner la nación en libertad; y ahora, que veis el negocio comenzado, los que más habíais de favorecernos y ayudarnos os salís afuera, como si nos quedase otra manera de remedio, o esperásemos alcanzar perdón en algún tiempo de nuestras culpas? Deberíais haberme avisado antes de ahora, y pues así yo haré que el Albaicín se levante o perezcáis todos los que estáis en él.
Viendo Farax que no acudía nadie y que las campanas de San Salvador tocaban a arrebato, se subió a una ladera alta diciéndoles:
    -Perros, cornudos, cobardes, habéis engañado a las gentes y no queréis cumplir lo prometido.

    Don Hernando de Córdoba y Válor era un morisco descendiente de la familia de los Omeyas, caballero veinticuatro de la ciudad de Granada, pero caído en deshonra al haber metido una daga en el cabildo de esta ciudad, siendo arrestado por este hecho en su casa. Vendió casa y veinticuatría, y temiendo que se le embargara lo recibido, huyó el 23 de diciembre a Béznar, a casa de un pariente valorí.
    Estando en casa del pariente, el domingo 28 se reunió la extensa familia valorí y otros moros rebelados, y viendo que la tierra se había alzado y no tenían rey a quien obedecer, acordaron por unanimidad elegir a don Hernando de Córdoba y Válor por ser de linaje de reyes. Le vistieron de púrpura y le pusieron al cuello y espalda una insignia colorada a manera de faja; tendiendo cuatro banderas en el suelo, rememorando a las cuatro partes del mundo, Hernando hizo su oración inclinándose sobre las banderas, el rostro al oriente, y juró morir en su ley y en el reino.

    El lunes llegó a Béznar Farax Abén Farax con sus dos banderas, acompañado de los monfís que le habían acompañado en el Albaicín, tañendo sus instrumentos y haciendo gran algazara de placer, como si hubiera ganado una gran victoria. Al enterarse que en el lugar estaba Hernando de Válor y que había sido nombrado rey, se alteró diciendo:
    -¿Cómo puede ser que habiendo sido yo nombrado rey por los del Albaicín, que era la cabeza, eligiesen los de Béznar a otro? -y prosiguió con toda su furia-: Disputaremos con las armas ser la cabeza de los moros rebelados. ¿Qué tiene él que no tenga yo? Soy del noble linaje de los Abencerrajes y he sido el autor de la libertad. ¡He de ser rey y gobernador de los moros!
    Viendo que el problema podía llegar a las armas, mediaron los valoríes y los moriscos reunidos, llegando al consenso de que Hernando de Válor sería el rey y Farax Abén Farax su alguacil mayor. Farax levantó el pie y, en señal de obediencia, se postró en nombre de todos besando la tierra donde el nuevo rey tenía la planta. Finalmente, levantaron al rey en alto, diciendo:
    -Dios ensalce a Muhammad Abén Humeya, rey de Granada y de Córdoba -tal y como era la antigua ceremonia.
En este acto también se nombró a Abén Jahuar el Zaguer como capitán general.

    Nada más terminar el acto, el rey envió a Farax a recoger toda la plata, oro y joyas que los moros habían tomado de iglesias y particulares para comprar armas en Berbería. Farax acató la orden partiendo con trescientos monfís, fue levantando lugares y matando a todos los clérigos y legos mayores de diez años de manera cruel y despiadada. De esta manera se levantaron las tahas de Órgiva, Poqueira, Ferreira, Juviles, Ceheles, Ugíjar, Adra, Berja, Andarax, Dalías, Lúchar, Marchena, Alboloduy, Salobreña, y parte de la de Almería y de Guadix.

    El río Almanzora hasta ahora quedaba lejos de las revueltas, pero una vez tomada Gérgal, el Gorri envió a dar aviso a los lugares del río para que hiciesen lo mismo. Pero la astucia de Diego Ramírez, alcaide de Armuña, engañando a los espías moriscos haciéndoles creer que venía el marqués de los Vélez con quince mil hombres, hizo que los moros volvieran a las Alpujarras.
    
    Pero el de Armuña, aun con engaño, no iba muy desencaminado, ya que don Luis Fajardo de la Cueva, II marqués de los Vélez, sale el 4 de enero de 1569 de Vélez Blanco para iniciar su primera campaña contra los moriscos rebelados en la Alpujarra. Tras el paso del marqués por el señorío de Gérgal el 6 de enero, el hasta entonces gobernador Francisco Portocarrero, que había alzado a los moriscos de Gérgal contra don Alonso de Cárdenas, conde de la Puebla, huyó a las Alpujarras.
    Alejadas las huestes velezanas en Tabernas, el rey morisco Abén Humeya convocó una reunión en la fortaleza de Marchena el día 10, para discernir el devenir de las próximas acciones bélicas. En esta se reunieron los mejores generales junto al rey morisco: Diego Pérez el Gorri de Marchena, Hernando el Gorri de Lúchar, Portocarrero y su hijo el Peleguí de Gérgal, el Ramí de Instinción, el alguacil mayor del reino Farax Abén Farax, junto a sus lugartenientes, el Partal y el Seniz; el Tahalí, y otros capitanes de la zona.
   La reunión comenzó con las escusas de Francisco Portocarrero por haber abandonado Gérgal el pasado día 6:
    -Señor -indica a Abén Humeya-, las tropas del marqués eran superiores a las nuestras, contaba el velezano con tres mil infantes y cuatrocientos de a caballo; por tanto, no tuvimos más remedio que abandonar Gérgal y retirarnos a Huécija.
Abén Humeya le escuchó manteniendo la mirada perdida, declinó la excusa de Portocarrero y, mirándole fijamente a los ojos, le indicó:
    -Espero que tus guerreros sean más eficientes en la defensa de Huécija que en la de Gérgal. Habéis huido como cobardes, dejando a don Luis abiertas las puertas de la taha de Marchena.
    -Majestad, no volverá a ocurrir, dejaremos la piel en su defensa -acierta a decir Portocarrero, continuando con los nervios a flor de piel-. Espero que nos envíe refuerzos desde el Andarax.
Humeya no se dignó a contestar, su descontento con el gergaleño era evidente y, mirando al resto de los generales, se dispuso a comenzar la reunión que les había llevado hasta Marchena.
    -Hemos sabido que el marqués de Mondéjar ha salido para la Alpujarra y el de Vélez se encuentra en Tabernas -afirmó Humeya-. No creo que tengamos suficientes sublevados para hacerles frente, apenas contamos con cuatro mil hombres. Por tanto, propongo negociar la paz con los cristianos y permanecer en las Alpujarras hasta tener el número suficiente de hermanos musulmanes para arrebatar nuestra tierra a los herejes cristianos.
Los generales alzaron la voz en protesta, sobre todo Farax Abén Farax. El monfí, con los ojos en cólera, contestó airado:
    -Señor, no hemos llegado hasta aquí para rendirnos a la primera acción de ataque castellano, debemos luchar y derramar hasta la última gota de nuestra sangre. ¡Alá nos protegerá!
Farax estaba molesto con Humeya ya que había sido apartado por el rey al fuerte de Güechar una vez ocurrida su derrota en la elección de sucesión y los sangrientos hechos de Lanjarón. A la de Farax se unieron las protestas de los generales más belicosos como el Gorri de Andarax:
  -Majestad, les esperaremos en Huécija y, tras la victoria, echaremos a los marqueses de nuestras tierras.
Lo secundó Jerónimo el Maleh, que atestiguó:
    -Hemos podido saber por nuestros espías que don Juan Enríquez, contradiciendo las órdenes de su propio hermano Enrique, se ha incorporado a las huestes del de Vélez en Olula con cien hombres de Baza, desabasteciendo el presidio de Caniles. Así que Baza, entre la enfermedad de su gobernador y la salida de don Juan, ha reducido sus fuerzas.
    El de Válor, viendo que la mayoría de sus generales eran partidarios de continuar la rebelión, aceptó de mala gana, sabedor de las próximas derrotas. Instruyó a sus generales en mantener la férrea defensa de las Alpujarras en Huécija y comenzar la sublevación en la cuenca del Almanzora.

   El presentimiento del Omeya fue acertado puesto que, aun con la llegada de las tropas de el Gorri, Portocarrero tuvo que huir de Huécija tras el avance de las tropas velezanas: unos hacia el interior de las Alpujarras y otros a Félix. Al mismo tiempo, en el marquesado del Cenete las milicias de Guadix recuperaban la fortaleza de la Calahorra.
    
   El día 19 el de Vélez llegó a Félix, donde le esperaban las tropas moriscas al mando de el Gorri, Portocarrero, el Tezi y el Futey; pero el uso de la caballería haría que los rebeldes se dispersaran por las ramblas, hacia el mar y por la población, donde se produjo la total derrota morisca, concluida con la masacre de la villa. Sin embargo, al marqués le surgieron varios problemas: primero el pillaje y la deserción de la tropa, y el más importante, la falta de avituallamiento para los soldados. No obstante, la llegada de refuerzos cristianos afianzó la moral de don Luis, tomando Canjáyar y derrotando al capitán Tahalí en Ohanes el primero de febrero. Pero de nuevo las deserciones masivas hicieron que el marqués cesara en proseguir la guerra, decidiendo bajar a Terque donde se podía proveer mejor.
    
    En el Almanzora, a los moriscos no les fue mucho mejor. Tras la partida del marqués de los Vélez, Jerónimo el Maleh, siguiendo el acuerdo de Marchena, con las fuerzas sublevadas del valle a finales de enero ataca Serón, pero esta resistió merced al apoyo recibido de Baza. Tras el fracaso, el Maleh se dirigió hacia Oria, la ataca, pero también es liberada por la llegada de tropas de la Casa de Alba en Huéscar. Ante estos dos tropiezos, el Maleh decidió abandonar el levantamiento morisco del Almanzora para fechas posteriores.

    A finales de enero de 1569, con el marqués retenido en Terque y las negociaciones de paz del marqués de Mondéjar, se pacificó la situación, aumentada con la llegada de don Juan de Austria en marzo como nuevo capitán general del reino, quien también mantenía tesis pacifistas.

   El tiempo de paz fue aprovechado por Abén Humeya para reforzarse, comenzando a finales de abril un nuevo levantamiento más extenso que el anterior, esta vez con un doble frente por Málaga.        
    
  En la última semana de mayo, el rey morisco reunió a su consejo de guerra en Válor: su tío Hernando de Córdoba el Zaguer y los generales Miguel el Dalay, Maxaraf y Hernando el Habaquí. En ella se decidió atacar al de Vélez en Berja, derrotándole y así tener un buen argumento para levantar las tierras del Almanzora.
  Pero no comienza bien el segundo levantamiento morisco, ya que el marqués de los Vélez les vence en la batalla de Berja una vez recibidos nuevos hombres de Lorca y del marqués de Villena. En esta, el contingente de moriscos es comandado por el propio rey y sus mejores generales: el Derri, el Habaquí, Abonvayle, el Zaguer, el Maleh, Abén Mequenum y Juan Gironcillo. Comenzó el asalto en la madrugada del 2 de junio de 1569, después de una cruenta contienda en las calles, la caballería y la infantería velezana consiguieron derrotar al ejército rebelde, siendo considerada esta batalla de las más encarnizadas de la rebelión.

   Abén Humeya había iniciado a principios de junio una ofensiva sobre la frontera de Guadix, desde donde se abastecía al Fajardo. Cuando este salía de Berja hacia el litoral en Adra, desde la ciudad accitana se envió un cargamento de armas y pólvora a Fiñana, para enviarse posteriormente al marqués; pero no llegó a su destino, ya que los moriscos lo interceptaron en esta localidad.

    En Fiñana el rey morisco convocó una nueva reunión de sus generales el Gorri de Andarax, el Peliguí de Gérgal, Jerónimo el Maleh y los monfís de Farax Abén Farax. Este, después de la masacre de Lanjarón, había perdido el favor del rey, lo consideraba demasiado sanguinario, por tanto intentó por todos los medios alejarlo de la Alpujarra: lo envió primero a Güechar y después al frente almanzorí a las ordenes de el Maleh.
    -Como bien sabéis -comenzó diciendo el de Válor-, tras la derrota de Berja y el traslado del maldito marqués don Luis a Adra, y contando con que las escasas fuerzas granadinas del enfermizo Enrique Enríquez, gobernador de la frontera de Baza, no presten ayuda a los pobres moriscos del Almanzora, debemos comenzar por tomar por la fuerza los lugares de la sierra de los Filabres.
El reyezuelo morisco continuó con su comentario, añadiendo:
    -Tenemos la voluntad de Alá con nosotros, el momento es propicio para atacar el Almanzora. ¡No dejaremos piedra sobre piedra de sus fortalezas!
Los generales vitorearon la valentía de su rey, a lo que el Gorri contestó:
  -Pero ¿cuál será la primera fortaleza que atacaremos? Lógicamente debemos comenzar por las de los Filabres hasta llegar al valle; pero una vez allí, ¿cuál será la siguiente? Creo que deberíamos atacar primero las fortalezas del marqués de los Vélez, es decir Cantoria y Oria. Seguro que contaremos con el apoyo de los moriscos de ambos lugares.
No parece que la propuesta fuera muy bien aceptada por sus compañeros, y mucho menos por Abén Humeya, que ordenó:
   -¡No! Primero debemos atacar Serón para prevenir cualquier intento de llegada de ayuda desde Baza, no podemos dejarnos ninguna fortaleza a nuestra retaguardia. ¡Comenzaremos por Serón, lo antes posible!
Cuando el rey morisco iba a dar por finalizada la asamblea, el capitán Farax Abén Farax, con voz firme, preguntó a los presentes:
   -¿Qué trato debemos dar a los moriscos que encontremos en las poblaciones? ¿Los consideramos como hermanos musulmanes o como enemigos?
Humeya contestó a la consulta de Farax de manera enérgica:
  -¡Consideraremos como hermanos a los que nos apoyen! ¡Como enemigos a los que nos consideren como adversarios! Y os digo a todos, y sobre todo a ti, Negro, que no permitiré barbaries como las de Lanjarón.
Farax maldijo para sus adentros al reyezuelo Humeya, pensando que si le hubieran elegido a él en lugar de al Omeya, la revuelta morisca habría terminado antes y no hubiera habido tanto derramamiento de sangre musulmana, solo cristiana. “¿Qué tendría un Omeya que no tuviera un Abencerraje?”.
Farax bajó la cabeza asintiendo:
    -¡Lo que ordene su majestad!
    La asamblea terminó con el acuerdo de atacar Serón cuando las tropas estuvieran preparadas, y continuar río Almanzora abajo hasta encontrar una salida al mar en espera de la ayuda del norte de África, diezmadas por las continuas derrotas de las Alpujarras y el Andarax.

    El día 10 de junio de 1569, como había ordenado su rey, parten de Gérgal las tropas alpujarreñas comandadas por el Gorri de Andarax, el Peliguí de Gérgal y el Maleh del Almanzora con dos mil alpujarreños para levantar la sierra de los Filabres; alzan primero Bacares y desde esta dividen sus fuerzas en dos flancos, levantando Sierro y Suflí por un lado, y Tahal, Laroya y Macael por otro. El ejército granadino se reuniría de nuevo bajo un cielo tachonado de estrellas la noche del día 11 en las inmediaciones de Purchena. Al amanecer del día siguiente las milicias alpujarreñas, a las que se le habían unido seguidores locales, toman la villa purchenera, obligando a sus correligionarios a secundar el alzamiento. No obstante, algunos moriscos principales se opusieron, escapando a las fortalezas cercanas del marqués de los Vélez de Oria y Cantoria.

    Al atardecer del día 12, los generales se reunieron en la recién tomada Purchena para planear las siguientes acciones e intentar convencer a los moriscos de las fortalezas cercanas a unirse a la rebelión.
    
   Una vez tomada Purchena, que sería establecida como cuartel general, los rebeldes se encaminaron hacia la fortaleza de Serón, punto fuerte que cerraba el paso al altiplano granadino. Tras sublevar a los moriscos, se comenzó el asedio del castillo, que resistió estoicamente el envite morisco durante quince días. Ante el rumor de llegada de refuerzos cristianos desde Baza, el Maleh decidió retirarse hacia Purchena, Tíjola y Bacares.
    
    La mañana del 17 de junio, el capitán general morisco del Almanzora decidió tomar Cantoria. Estos ya preparados pidieron ayuda a Oria. La feroz defensa cristiana consiguió que El Maleh, tras varias conversaciones, solo consiguiera sacar a las esclavas moriscas alpujarreñas de la fortaleza.
    
    El capitán de la fortaleza de Oria, don Luis Fajardo y Chacón, hijo bastardo del marqués, tras organizar la defensa de Oria, se decide a ayudar a Cantoria. Llega la noche del 17 a esta, pero espera infructuosamente el ataque morisco el día 18, ocupado en sublevar las villas río abajo. Esta era una maniobra de distracción de El Maleh, ya que su intención final era atacar la villa de Oria, pero no contaba con el regreso la noche del 18 de don Luis a su fortaleza. La fuerte resistencia con artillería y el socorro de Huéscar y Lorca obligó al morisco a desistir y volver a Purchena, en espera de nuevos refuerzos.
    Los moriscos, una vez desestimado el ataque a Cantoria, bajan río abajo a alzar las villas. Durante los días 18 y 19 de junio toman por la fuerza Partaloa, Albox, Arboleas y Zurgena, “sin dejar piedra ni casa”, llevándose a los moriscos de estos lugares.

    De nuevo El Maleh intenta tomar Serón a finales de junio con otro sitio pero, igual que en el anterior asedio, el rumor de la llegada de tropas, ahora jienenses, obligó a retirarse a las tropas moriscas el 9 de julio.
    
    Tras el fracaso de el Maleh, el propio Abén Humeya decidió iniciar un nuevo ataque a Serón el día siguiente, 10 de julio. Con cinco mil moriscos concentrados en la sierra de Bacares, comenzó el asalto de la fortaleza. Los cristianos, sabedores de la entrega de los quince lugares del señorío de los Enríquez en la sierra de los Filabres con Tahal al frente, y que también se habían alzado Sorbas y Lubrín, resistieron todo lo que pudieron, pero la descoordinación de las tropas cristianas de don Juan de Austria y el marqués de los Vélez, y la victoria de El Mecede sobre los refuerzos de Baza, propiciaron la rendición del castillo de Serón el día 16 de julio, y el posterior ensañamiento contra el clero de la villa.
    
    Una vez tomada la fortaleza de Serón, todas las miradas se centraron en las villas del marqués en el Almanzora: Cantoria y Oria. La primera medida de estas fue pedir ayuda a Vélez Rubio, Vera y Lorca, pero ninguna acudió a su llamada, la capital del señorío y Lorca por no tener suficientes hombres, y Vera por estar ella misma en alerta. Así que decidieron desalojar Cantoria, que era la más desguarnecida, ocasión aprovechada por los moriscos para hacerse con ella.
    Pero contra todo pronóstico, el ejército morisco no se dirigió a Oria, sino que volvieron a parar la ofensiva contra el marqués y encaminaron su insurrección río abajo, ocupando en ese mismo tiempo Zurgena, que había quedado despoblada. Abén Humeya, necesitando un lugar de contención y presidio frente a las tropas que podían llegar de Vera o Lorca, dejó a Farax con sus monfís en defensa de la retaguardia del Almanzora en Zurgena, y de paso los alejó de las conquistas futuras, sabiendo su carácter sanguinario.
    A Abén Farax no le sentó muy bien que lo dejaran en un lugar tan distante de la rebelión, y así se lo hizo saber a su rey:
   -Señor, no es buena medida alejar a los valerosos monfís de la toma de Oria, somos los más apropiados para mantener el cerco y atacar con escalas a los malditos vasallos del marquesito.
Pero el de Válor, cansado de las impertinencias del monfí, reteniéndose en su verdadero pensar, le indicó:
    -Os necesitamos en la retaguardia para no ser sorprendidos por los lorquinos. De Oria y sus gentes ya nos ocuparemos el Maleh y yo.

    Abén Humeya no tardó en dirigirse a Oria, así el 24 de julio tres mil rebeldes alzan a los moriscos de la villa y sitian la fortaleza, dentro de la pretensión del reyezuelo de lanzar una ofensiva en el norte con una acción en tenaza contra Caniles y Oria. De nuevo llegaron tropas de Huéscar y Lorca en auxilio de Oria, lo que impidió que el cerco fuera demasiado largo, obligando a los musulmanes a retirarse el día 28 y desestimasen el fin último de asaltar Vélez Rubio.

  Desde el intento de la toma de Oria, los moriscos pusieron tregua a sus pretensiones, sobre todo para recoger sus cosechas y poder abastecer a su ejército.

  La ocupación estratégica de Zurgena permitió a su alcaide Farax el Negro desplegar durante todo el verano un amplio plan de desestabilización de la zona. Desde la alcazaba zurgenera partía el Negro y sus cien monfís a instigar los campos de Lorca, matando y haciendo cautivos por campos y caminos, hasta tal punto que desde Lorca a Vera y viceversa no se podía viajar sin escolta.
    Un día, los monfís atacaron a unos pastores en el Esparragal junto a la rambla de Nogalte. La alerta dada por un pastor joven a los lorquinos hizo que estos enviaran a treinta caballeros y sesenta peones persiguiéndoles hasta el olivar de Overa, donde les quitaron las reses, huyendo los moros hasta Zurgena. Los de Lorca no les persiguieron por no entrar en tierra enemiga y correr más peligro.
    Cuando el Negro llegó a la fortaleza de Zurgena, venía con el caballo exhausto y muy disgustado con sus monfís.
    -¿Qué le habrá pasado a nuestro vigía Juan Calderón para no advertir la llegada de los lorquinos? Le puede dar gracias a que fue el primero en morir en el campo de Huércal, si no lo hubiéramos destripado en el pago de Calafa antes de llegar a Zurgena -comentaba Farax a su lugarteniente Miguel el Palacesí-. Hemos perdido diez hombres, doce caballos y todas las reses del Puerto… ¡Menudo desastre! Pero esto no quedará así -vociferó el Negro-: vengaremos a nuestros paisanos derramando toda la sangre cristiana posible y los dejaremos sin cosecha.
Los monfís, aún sin fuerzas por la carrera, celebraron las palabras de su jefe, dejando clara su intención:
  -¡Malditos lorquinos! Quemaremos todo el campo desde Xiquena a Terreros Blancos. ¡No dejaremos ningún cristiano viejo sin degollar!

    En respuesta, Farax atravesó el campo de Huércal y llegó al caserío de el Puerto de Lorca, donde incendió las mieses de trigo y cebada, matando a muchos cristianos viejos que dormían en las parvas de las eras; y más tarde, tomando la rambla de Guazamara abajo, llegaron a la Fuente de Pulpí, donde permanecieron varios días asaltando a los mercaderes de la ciudad de Lorca que iban a la de Vera por el Camino Real y a los de Vera que iban a Lorca, siendo robados, asesinados o cautivados, para después venderlos en Argel. Farax, durante este tiempo, pasó a esta ciudad del norte de África dos o tres veces para vender ganado y cautivos, y traer armas a cambio.

    Por tanto, aniquilar el presidio de Zurgena fue una medida fomentada por Lorca y Vera, así que prepararon vigías y atalayas para la emboscada a los monfís. El 23 de septiembre los guardas detectaron una nueva correría morisca por la Fuente de Pulpí, Lorca envió ochenta soldados que se escondieron en el lugar de Tarax, mientras treinta de ellos marcharon hasta Pozo de la Higuera para atraer a los moriscos. Cuando los monfís trataron de cercar a los soldados, salieron los emboscados y forzaron a los asaltantes a refugiarse en una cueva del Cabezo del Moro, donde les rodearon. Vera también envió otros ochenta peones y treinta caballos que llegaron al cerco. Pero los monfís no se dejaron amedrentar, así que los cristianos, para hacerles salir, prendieron fuego a la maleza de atochar y romeral abrasando a la mayoría de los moriscos; pero Farax pudo huir saltando por las llamas y salvarse de los de a caballo que le perseguían escondiéndose en los acebuchales de la rambla de Guazamara.

    Después del intento de tomar Oria el 25 de julio de 1569, los moriscos hicieron una tregua para abastecerse y comenzar a preparar, con la ayuda del rey de Fez, la llegada de socorro musulmán, pero para ello necesitaban una salida al mar donde poder desembarcar el apoyo del norte de África. Abén Humeya decide que lo primordial de la operación es la toma de Vera, plaza fuerte que le impedía su acceso al mar. Así, bajando por el Almanzora con sus caudillos Ben-Hari de Portilla, Abenaix de Cantoria, el Maleh de Purchena, Abenzaide de Serón, Abu Efam de Somontín, Portocarrero de Gérgal, el Habaquí, Caracax y otros, el 24 de septiembre, pasando por Zurgena, Palacés y la Ballabona, se situó el ejército morisco a la vista de Vera, poniéndola en cerco el día 25; pero la llegada de tropas cuevanas y lorquinas desbarató el cerco, haciendo que Abén Humeya se retirara a Purchena.
    El rey Humeya, después de la derrota de Vera, se retiró a Laujar de Andarax, intentó negociar la paz con Granada, pero fue asesinado por su primo Abén Abóo.

    Farax, medio abrasado, había huido desde la rambla de Guazamara hasta llegar a la fortaleza de Purchena, donde curó sus heridas junto a su amigo el Maleh. Más tarde, con el odio retenido, pasó a Argel fijando en ella su domicilio, compró un gran galeote y, acompañado de algunos renegados, volvió formando parte de los corsarios que atacaron las costas almerienses…

Farax aparecería posteriormente en varios romances recogidos por los cronistas de la época, como Pérez de Hita:
"En esto, el fuerte Farax / Negro capitán de fama, / con muy gallarda osadía / hizo dos grandes entradas / en esos campos de Lorca, / con las cuales cobró fama".

Nota: Esta es una recreación histórica del famoso monfí Farax Abén Farax, que terminó siendo capitán del presidio de Zurgena, basada en la documentación de Luis de Mármol y Carvajal: “Historia de la rebelión y castigo de los moriscos del reino de Granada”; Diego Hurtado de Mendoza: “Guerra de Granada hecha por el rey de España don Felipe II contra los moriscos de aquel reino, sus rebeldes”; Ginés Pérez de Hita: “Guerras civiles de Granada”; y la extensa bibliografía del mayor conocedor de la historia morisca en Almería, Valeriano Sánchez Ramos. Siempre con las licencias propias de un relato.


Este relato, junto a otros de varios autores palaceros, aparecen en el libro "Letras de Palacés. Narrativa 1" editado en 2024 por los autores en la editorial Arráez. Páginas 175 a 191.

                        (C) ANDRÉS SÁNCHEZ DOMÍNGUEZ 2024