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lunes, 13 de abril de 2026

SEÑALES DE HUMO




    Se entreveían los primeros claros de la mañana por la jabal de Almagro, y aunque había amanecido con viento de levante y amenazante de lluvia el al-tlat, segundo día del ramadán del 809, Ahmed, el alcaide de la turris de Parrazes no le prestó demasiada atención, ya que nada más asomar la cabeza a la puerta de la casa principal de la qarya que había junto a la torre, comenzó a ver ahumadas en la burj de La Ballagona y el hins de Obera.
  Apresuradamente despertó a sus compañeros de yahmi, su segundo de origen sirio y un soldado homiciano, que habían pasado la noche a turnos de cuatro horas en la terraza de la torre a la espera de acontecimientos. Ya estaban avisados desde el al-Sabt pasado cuando el general Ridwan viniendo desde Bayra, repartió tropas en las fortalezas y torres de la frontera, Aynalguid, Obera, Warqal, Hurtal, Xuxena, Al-Arbulí y Al-Bujs, indicándoles que se esperaba un ataque cristiano desde Lurqa.
    Ahmed llamó de nuevo a su lugarteniente Brahim, que se hacía el remolón en el colchón de paja sobre el que descansaba en el pequeño cuerpo de guardia de la casa aneja.
-Brahim, ¡te voy a dar un puntapié como no salgas inmediatamente y te pongas a hacer señales al hins de Xuxena y a la burj de Al-Arbulí, que te vas a enterar! ¡No te das cuenta que estamos en alerta de ataque cristiano!
  Brahim se frotó los ojos con insistencia e hizo caso a su jefe de mala gana, pensando: ¡No me extraña que esté rendido, si apenas he dormido dos horas esta noche! De forma autómata despertó de un empujón a su compañero de guardia y de camastro Yamal, que parecía más cansado aún que él. ¡Levántate de una vez, que has dormido esta noche como un lirón! ¡Menudo compañero!
   Yamal, de origen homiciano, obedeciendo a regañadientes la orden del segundo, le contestó un despectivo -¡Uhmm! Seguido de ¡Voy!
  Los dos, cogiendo un puñado de arbardín y una manta, se dirigieron hacia la escalera que subía por la parte exterior de la torre. Una vez escalada la parte baja, tomaron un trozo de leña ardiendo de la chimenea que estaba siempre encendida en la primera planta, subieron por la escalera interior hacia la azotea de la torre, disponiéndose a quemar el arbardín como mandaba la orden, cubriéndolo con la manta cada cierto tiempo.
-¡Yamal, acerca el ascua a la leña! ordenó Brahim. 
  El soldado colocó las ramas de la gramínea en el tiesto de quemar del promontorio central, y procedió a prender fuego a la mata, pero esta con la escarcha de la noche se resistía.
-¡Maldita leña! ¡No arde de ninguna manera! ¡Acerca un poco más el fuego, Yamal!
  Por fin el arbardín comenzó a quemarse y la humareda surcó el cielo de Parrazes.
  Pronto respondieron desde Xuxena y Al-Arbulí con la misma señal, indicando que estaban prevenidos.
-¡Yamal, quédate arriba! -le ordenó Brahim- Voy a bajar a ver lo que dice el alcaide. ¡Estate atento a cualquier otra señal de los alrededores!


   El día transcurrió con alguna otra marca de la torre de la Ballagona, indicando que los cristianos habían llegado y estaban atacando Bayra. A media tarde llegó por el al-Rasif de la madina de Bayra un mercader de lino y seda, relatándoles que los lorquinos se habían asentado en las huertas de Bayra talando los árboles y quemando molinos y casas, para después atacar las tres puertas de la ciudad. El comerciante no sabía lo ocurrido después, ya que había huido lo más raudo posible cuando los cristianos comenzaban a atacar la muralla.
  Ahmed le interrogó sobre la cantidad de kuffar que habían llegado a Bayra, a lo que Mustafá -que así se llamaba el mercader- le contestó:
-No lo sé exactamente, señor, pero no menos de cuatro mil perros cristianos. Seguro que más de tres mil lanceros, y varios cientos de a caballo. ¡Bayra no podrá resistir! ¡Que Alá los proteja! -le espetó el tajir.
  El caid despachó a Mustafá, que tenía prisa en llegar a Almizaraque -cerca de Cantoria- donde residía. Sopesando la noticia del ataque a Bayra, y augurando que si era cierto lo que le contó el arraix Ridwan, los cristianos tenían previsto dirigirse Wädi l-Mansura arriba, hasta llegar al castillo de Obera, y continuar ribera arriba hasta donde pudieran. Por lo tanto ¡estaban en peligro!
  Con este pensamiento rondándole la cabeza, el alcaide se dirigió de nuevo hacia la casa principal de la alquería, casa que aún mantenía el zócalo de mármol de Machael y el interior típico de época romana. Abrió la puerta de golpe, sorprendiendo a los guardias que se disponían a comenzar la vigilancia en la torre.
  El turno de esa noche les correspondía a los soldados Abrahym y Muhammad, el primero de origen bereber y el segundo también homiciano. No se fiaba mucho de los cuatro homicianos que le había dejado Ridwan, pero tendría que aguantar y confiar en ellos, aunque siempre los colocaba con algún peón parracero. No le agradaba dejar la guardia en manos de musulmanes que redimían su condena de delitos de sangre realizando trabajos de vigilancia en la frontera; prefería incluso al integrista almohade Amin, que se había quedado voluntario en la aldea, antes que a asesinos a los que les importaba poco si su víctima era musulmana o perro cristiano.
-¡Terminad pronto de comer, que Karim se está desesperando ya en la torre! -gritó sin ningún miramiento a los dos guardias.
  Los soldados lo miraron desafiantes.
-¡Señor, no nos meta prisa, que es el primer alimento que comemos en todo el día! -respondió Muhammad de malas maneras.
  El alcaide renegó para sus adentros, pensando: “¡Maldito ramadán! Los infieles nasrani han aprovechado bien la oportunidad para atacarnos en pleno mes santo para encontrarnos desvalidos con el ayuno”.
-¡Malvados herejes! volvió a blasfemar el moro. ¡Alá nos proveerá! ¡Dios es grande!
  La noche fue movida, a media masa´an le despertó Muhammad indicándole que había fogata en la alcazaba de Xuxena y que podía observar movimiento de tropas llegando a ella.
-Ahmed se sorprendió gratamente:
-¡por fin llegan refuerzos! ¡Esperemos que los cristianos no se enteren y podamos sorprenderles en Bayra!

  Al amanecer, principio del al-arba´a, día 3 del ramadán del 809, recibió proveniente de Xuxena un mensajero que lo informó de que habían llegado a este bálad quinientos caballeros y dos mil peones comandados por el qayid Alí ben Muza de Bastha, en socorro de Bayra.
  El alcaide se llenó de gozo al escuchar la noticia del enviado, y llamando a sus soldados los previno para la llegada del caudillo horas después:
-¡Guerreros, poneos vuestras mejores galas para recibir a Alí, el caudillo de Baza!
  La tropa compuesta por diez soldados -cuatro residentes en la alquería, y seis más de los dejados por Ridwan-, se dispuso a pertrecharse de su mejor atuendo militar: los vecinos de Parrazes sólo disponían de tres cimitarras y una kabila; los recién llegados de una jineta cada uno; tres puñales de oreja se distribuían entre la tropa bereber; adargas sí tenían todos, pero las de reemplazo eran de peor calidad y casi en descomposición; tres de ellos eran arqueros -dos con el típico arco árabe, el afranyi, y uno con una ballesta-; los otros siete disponían de azagayas; con respecto a la protección, sólo dos de los llegados tenían en propiedad celadas llenas de golpes y bolladuras, ninguno de ellos disponía de armadura ni mallas de protección.


  Pero la alegría por la esperada visita del adalid de Baza pronto cambió al ver las noticias que llegaron a media tarde por ahumadas desde la bury de la Ballagona. La señal sorprendió al alcaide, informando que el poderoso ejército cristiano había decidido dejar el asedio de Bayra para subir por el camino del algibe del Garrobo, próximo a la torre.
-¡Condenados perros cristianos! ¡Como se den un poco de prisa, al anochecer los tenemos aquí! ¡Alá nos proteja!
  El caid, congregando a su soldada en el rellano frente a la casa, les reveló el comunicado. Hubo improperios de todo tipo.
  Mientras, el jefe observaba a su tropa.
-¡Menudo panorama! refunfuño Ahmed, viendo el armamento de su “ejército” -¡No aguantaremos ni un minuto cuando llegue la avanzadilla infiel! al tiempo que se vestía con sus mejores galas y se protegía con sus cuidadas armas: jineta, daga de oreja, lanza larga, adarga y yelmo, él tampoco disponía de protección corporal. ¡Ya le gustaría tener una armadura de malla con la que se avecinaba!
  Predispuso a la tropa en posición de vigilancia, dos en la plataforma de señales, a cuatro los envió a la parte alta de la alquería cerca del cementerio, a vigilar los movimientos del enemigo, y a los otros los dejó ayudando a los habitantes de la aldea a reunir el ganado, a traer las vituallas de la huerta y a preparar todo para la noche que se presuponía alterada.
  Pero la noche fue tranquila, las nuevas señales de la Ballagona apuntaban a que los cristianos se habían parado nada más pasar frente a la torre, presumiblemente en el campo de Naura, dando vista a la fortaleza de Obera, pero sin molestar a esta ni a la torre vigía.

  Sin embargo, cuando iban a dar las primeras luces del al-jmís, día 4 del ramadán, llegó apresuradamente Samir, uno de los vigías situado en el alto junto a la al-maqbara, explicándole con el resuello entrecortado:
Sidi, por los olivares del campo de Naura viene una gran hueste de rumis, levantando una vasta cantidad de polvo, visible hasta con la luna, dirección al paso de la aleaqid junto al nahr al-Mansura, dirección Xuxena!
  Ahmed, nada más escuchar al soldado, dio orden para que volvieran los vigías junto al cementerio, y a voces despertó a los vecinos de la aldea y a los soldados de retén, ordenándoles que entraran en la casa y en la torreta. Dejó a dos soldados junto a los parraceros encerrados en la casa fuerte de la qarya, y los restantes se introdujeron por la escala a la primera planta de la torre, izándola, no sin esfuerzo.
  El alcaide dio orden a Brahim para que hiciera señales a Xuxena de que estaban siendo atacados y de que el ejército castellano se dirigía hacia la población.
  A la hora de poner a salvo al personal, y cuando apenas se veía un resplandor de día por la ru´aa Filabris, apareció un escuadrón de soldados cristianos a caballo por el camino de la Tejera, dirección a la torre. Nada más situarse próximos a las construcciones se dividieron en dos grupos de seis; unos fueron hacia la parte baja de la comunidad donde se encontraba el alfar, las casas, la pequeña mezquita, el horno, y sobre todo los corrales. Un primer soldado castellano rompió la puerta del albacar, y se dispuso a sacar, ayudado por sus compañeros, el ganado compuesto de ovejas, cabras y alguna vaca. De nada sirvieron las saetas que les lanzaban desde la plataforma de la torre: estaban demasiado lejos.
  Cuando estuvieron a tiro, el otro grupo comenzó a arrojarles flechas con sus ballestas para intimidar a los torreros, a lo que fueron respondidos por los árabes, tanto desde la plataforma como de las saeteras. También intentaron asaltar la casa, pero los mahometanos se resistieron bien, y la amplia puerta de origen romano, resistió el envite.
  Pasada una hora desde el comienzo del ataque, los cristianos, viendo que no podían asaltar la torre ni la casa fuerte, abandonaron el asedio, dejando muerto a uno de ellos, alcanzado por un venablo musulmán junto al aljibe contiguo a la torreta, llevándose un número indeterminado de ganado y víveres de las casas.
  Por parte musulmana, dos soldados sufrieron sendos flechazos, el homiciano Yamal tenía una flecha en el hombro izquierdo, y a Malek, un bereber afincado en Parrazes desde hacía ya cuatro años, otra saeta le había atravesado la mano izquierda.
-¡Ninguno de ellos morirá de esto! ¡Gracias a Dios! -pensó Ahmed, de algún modo satisfecho con la defensa de la alquería.
-¡Podría haber sido peor, si entran en la casa donde estaban las mujeres y los niños habría sido una catástrofe! -sobre todo, el alcaide pensaba en su mujer Fátima y su hijo de 10 años, Nahim, llamado así en honor de su padre, al que tanto veneraba.
  Cuando desde la torre este de la alcazaba de Xuxena vieron que la burj de Parrazes estaba siendo atacada, y que el gran ejército murciano se acercaba próximo ya al Llano de las Eras, el caudillo Alí sacó a su hueste por la puerta de El Portacho dirigiéndose al pago de Calafa, con la intención de encontrarse con los cristianos a campo abierto. La compañía nazarí la formaban quinientos moros a caballo, dos mil hombres a pie y quinientos ballesteros.
  Nada más subir los sarracenos la cuesta de la Tejera, se encontraron a una media mîl árabe a la milicia castellana. Inmediatamente el qayid árabe mandó distribuirse las tropas, dando órdenes a sus nuqabâ para colocarse en posición.
-¡Los caballeros en la batalla izquierda, y los peones, lanceros y arcabuceros en la derecha! -ordenó el caudillo a sus capitanes.
-¡Ismael! -le gritó al cadí zurgenero- ¡tú junto a mí! Necesitaré tus consejos como conocedor del terreno -dijo el jefe árabe, situándose con sus mandos en un altozano próximo a la Tejera. Y profiriendo las arengas ¡Que Alá nos conceda su gracia! ¡Al hamdu lil lah! (alabado sea Dios), hizo señal a sus capitanes para comenzar el combate.


  Viendo la disposición de los moros, el mariscal García de Herrera situó a su tropa en tres batallas, la primera formada por los de a caballo con los de armas en la delantera; otra batalla con dos mil quinientos peones, y por último, otra con quinientos peones de los más selectos.
  La contienda comenzó con el ataque de la infantería. La lucha fue encarnizada con las fuerzas de a pie netamente igualadas, pero el ataque de la caballería murciana arrolló a la musulmana, desbaratando la formación de estos, obligando a Alí a dar la orden de retirada.
  -¡Retirada en formación hacia el olivar de Alfoquía! ¡In sha Allah! (Si Dios quiere) -se desdeñó gritando el caudillo bastetano.
  Los peones protegidos por la caballería apenas pudieron llegar a los primeros bancales de olivos cuando los caballeros cristianos se les echaron encima. Se entabló de nuevo la guerrilla, los moros protegidos por los olivos arcabucearon a los caballeros lorquinos, pero la superioridad manifiesta de estos, obligó a los musulmanes a retirarse en desbandada hacia la protección de la muralla de Xuxena. En el campo de batalla quedaron varias decenas de mahometanos muertos, así como un gran número también de cristianos, siendo dantesco el espectáculo. Entre los muertos se encontró a Alí ben Muza, el caudillo bacino, que fue alcanzado por fuego de arcabuz.
  Finalmente, a media tarde el empuje cristiano consiguió derribar la puerta este de la muralla, llamada del Portacho, entrando en estampida contra la milicia que había conseguido llegar desde el olivar. Se produjeron combates en las calles de la villa, aprovechando los caballeros musulmanes para huir por la puerta principal y del Matadero hacia Arboleas, y los de a pie se retiraron -los que lo lograron- a la alcazaba.
  La caída de la noche hizo que los castellanos interrumpieran el asalto al castillo, retirándose al real instalado en el olivar de La Alfoquía.


  Mientras esto ocurría, en la torre vigía de Parrazes el caid Ahmed había observado detenidamente la derrota de su ejército en el Llano de las Eras, la persecución hasta el olivar, y el repliegue hasta las murallas de Xuxena. La caída de la noche no le dejó ver apenas nada más del encuentro, pero por el movimiento de antorchas en la alcazaba pudo suponer que los cristianos estaban intentando atacar la muralla interior para acceder a la fortaleza.
  Pero eso a él ahora no le preocupaba demasiado, tenía cosas más importantes que hacer, entre ellas la de poner a salvo a los vecinos de la alquería.
  En el silencio de la noche, reunió a los treinta y cinco habitantes de la aldea y a la decena de soldados de la guarnición, informándoles de lo ocurrido.
-¡Los infieles después de atacarnos, han guerreado contra las tropas del arráez Alí, derrotándoles en el Llano, para después atacar Xuxena y su alcazaba! ¡Ha sido un verdadero desastre! ¡Alá nos ha abandonado!
  Los parraceros, incrédulos, comenzaron a cuchichear entre ellos.
-¿Cómo era posible que unos simples cerdos cristianos hayan derrotado al todopoderoso ejército nazarí? ¿Qué ha podido ocurrir para que esto suceda? -y pasando ya directamente a sus intereses particulares -¿Qué será de nosotros ahora que no tenemos la protección de nuestra hueste?
  El nerviosismo empezó a hacer mella en los parraceros, acercándose al caid con intención de incitarle a tomar una determinación.
  Pero Ahmed ya tenía clara su decisión.
-¡Tranquilidad! He decidido que las mujeres, los niños y las personas mayores que no puedan pelear saldrán esta misma noche con las pertenencias que puedan acarrear rambla de Santopétar arriba hasta la alquería de Almarxalejo. Allí esperarán los acontecimientos, y si es necesario, continuar hasta territorio de los Balix.
-Los demás -afirmó contundente el caid- defenderemos la aldea, aún a costa de nuestras vidas. ¡Que Alá nos proteja! ¡No dejaremos que destruyan lo que tantos años nos ha costado levantar!
  A media noche, aprovechando que el cielo estaba cubierto de nubes, salió la expedición por el paraje al-Naoor dirección al río Almanzora, bajando ribera abajo hasta acometer la rambla de Santopétar una vez pasado el molino llamado de Parrazes. En la partida iban nueve mujeres, doce niños y seis mayores, que arrastrando los pies por el peso del equipaje, lloraban la separación de sus familiares, pertenencias y hogares.

  Al alba del al-yumua´a, 4 del ramadán del 809, los cristianos ya habían comenzado con un nuevo saqueo a Xuxena, encontrando grandes despojos de la lucha. Requisaron más de cien caballos, corazas, adargas y espadas de los restos musulmanes, pero cuando se disponían a hacer un nuevo intento de acceder a la fortaleza, llegó un emisario, de los dos que el mariscal había enviado a recorrer el Almanzora aguas arriba, previniéndoles que mucha gente de moros se juntaba en Cantoria para venir contra ellos.


  Ante la noticia del mensajero, el mariscal García de Herrera, reuniendo a su consejo, decidió emprender la retirada por el campo de Warqal, dirección a Lurqa.
  Los preparativos de la retirada les llevó todo el medio día, partiendo al atardecer hacia su destino, una vez que comprobaron que los sarracenos no hacían aparición, con la intención de atravesar a plena noche frente a las fortalezas de Obera y Warqal, pero dejando a un numeroso grupo en la retaguardia.
  El regreso fue mucho más lento debido a la carga de enseres y animales que habían conseguido de botín. Una vez atravesado el pago de Calafa y subida la cuesta de La Tejera, tomaron dirección al olivar del campo de Naura, por donde querían cruzar el Wädi l-Mansura camino de Lorca.
  Pero cuando la tropa se acercaba a las inmediaciones de Parrazes, el señor de Librilla, Alonso Yáñez Fajardo, dolido por no haber podido tomar la torre el día anterior, envió a una compañía con intención de sacarse la espina y conseguir tomar lo que le fue negado.
 Los diecinueve defensores parraceros, desde la torre, vieron venir a los más de cien peones, arcabuceros y ballesteros, y a algún que otro caballero castellano, con la intención de tomar la torre.
-El cadí Ahmed dispuso a su gente en posición de resistir la embestida de los isawi, pero admitiendo que eran demasiados contrincantes para resistir mucho tiempo.
  Situó a varios de ellos con los pocos arcos que tenían en las saeteras de la torre y en la plataforma superior, e hizo que prepararan aceite hirviendo y piedras de gran tamaño por si intentaban escalarla.
  El ataque murciano se produjo una vez que tuvieron conciencia de que les podían hacer daño a los sitiados dadas sus escasas defensas. El señor Alonso Fajardo colocó a los ballesteros que enviaban una lluvia de saetas contra los hombres situados en la parte superior de la torre, mientras que los peones, con varias escalas traídas de Xuxena, se acercaban peligrosamente a la pared de esta con intención de escalarla. Aunque en principio se vieron sorprendidos por la caída de piedras y aceite caliente, pronto comenzaron a ascender hacia su objetivo.


  El gran número de atacantes hizo temer la derrota a los musulmanes. El jefe árabe, desesperado, y viendo que ya habían caído presa de las flechas cristianas nueve de sus combatientes, cuatro vecinos y cinco soldados, dio orden de retirada.
-En voz baja, Ahmed llamó a los nueve hombres supervivientes: indicándoles.
-¡Preparad la huida! ¡Despejad la trampilla bajo el hogar del fuego, y disponeos a salir ordenadamente!
  La soldada despejó el fuego aún existente quitando la caldera de aceite y las ascuas de la hoguera, descubriendo una gran losa de piedra que daba acceso a una oquedad negra como la noche.
-Bajad de uno en uno, primero los cuatro parraceros -dos de ellos heridos- después los tres soldados maltrechos y sangrantes.
-Brahim -ordenó a su lugarteniente- tú, Muhammad y Karim quedaos junto a mí, distraeremos a los perros castellanos hasta que comprendamos que están en la salida del túnel.
  En el exterior las voces de los murcianos se escuchaban cada vez más próximas. Los escaladores, ahora molestados por apenas cuatro hombres, se acercaban peligrosamente por las gradillas hacia la entrada de la cámara principal donde ellos se encontraban.
-¡Reuníos en la entrada de la gruta y preparad la losa para colocarla de nuevo una vez que hayamos bajado! -ordenó Ahmed.
  Los dos combatientes que se encontraban en la plataforma alta, bajaron apresuradamente trastabillándose, pero decididos a que sólo tenían una oportunidad para huir.
-¡Coged dos antorchas y aligerad la marcha, que están llegando a la entrada! -les gritó el caid.
  Entre los cuatro hombres, tras un gran esfuerzo, consiguieron desplazar la losa de piedra hasta tapar la entrada. Y corriendo por el pasadizo desaparecieron en la oscuridad de la galería…

  Los cristianos consiguieron derrumbar la puerta blindada de la casa fuerte de la alquería, aneja a la torre, destrozando todo lo que pudieron en su interior. Arrojaron a los moros muertos al aljibe, y llevándose los víveres y el resto de ganado que aún permanecían en los corrales, emprendieron la marcha para alcanzar al grueso del ejército, que ya estaba llegando a las inmediaciones de Obera. Descubrieron el paso subterráneo, pero no les pareció necesario perder más tiempo en perseguir a los pocos sarracenos que habían conseguido huir.


  Los parraceros por fin consiguieron llegar a la salida del túnel, y llenos de polvo, humedad y miedo, una vez recontados los pocos supervivientes, se dispusieron a tapar con piedras y tierra el final de la galería, temerosos de la aparición de algún atrevido perro murciano. La salida, desconocida para la mayoría de ellos, daba a un olivar de la huerta, y estaba camuflada por una higuera grande, que hacía irreconocible la oquedad que les había salvado la vida.
  Una vez tranquilizados los ánimos y percibido el tropel de la tropa lorquina retirándose camino abajo, los musulmanes se atrevieron a decir.
  -¡Alá es grande! y echándose al suelo, rezaron dirección a la Meca.

Fechas:

- al-tlat, 2 ramadán 809 – Jueves, 10 de febrero de 1407
- al-arba´a, 3 ramadán 809 – Viernes, 11 de febrero de 1407
- al-jmís, 4 ramadán 809 – Sábado, 12 de febrero de 1407
- al-yumua´a, 5 ramadán 809 – Domingo, 13 de febrero de 1407

Vocabulario árabe-español:

- Afranyi: Ballesta árabe 
- Al-arba´a: Miércoles
- Albacar (al-baqqara): Recinto para ganado 
- Aleaqid: Tejera
- Al-jmís: Jueves 
- Al-Maqbara: Cementerio
- Al-Naoor: Noria 
- Al-Rasif: Camino
- Al-Sabt: Sábado 
- Al-tlat: Martes
- Al-yumua´a: Viernes 
- Arraix: Caudillo
- Bálad: Población 
- Burj: Torre
- Bury: Torre 
- Caid: Jefe
- Hins: Castillo 
- Isawi: Seguidor de Jesús
- Jabal: Montaña 
- Kabila: Espada musulmana
- Kuffar: Infieles. No creyentes 
- Madina: Ciudad
- Masa´an: Noche 
- Mîl: Milla árabe
- Nasrani: Nazareno 
- Nuqabâ: Capitán
- Qarya: Alquería 
- Qayid: Comandante
- Ramadán: Noveno mes calendario islámico 
- Rumis: Romano / Cristiano
- Sidi: Señor 
- Tajir: Mercader
- Turris: Torre de vigilancia de origen romano 
- Yahmi: Guardia

Topónimos árabe-español:

- Al-Arbulí: Arboleas 
- Al-Bujs: Albox
- Algibe del Garrobo: Aljibe del Algarrobo 
- Almarxalejo: Almajalejo
- Aynalguid: Cuevas del Almanzora 
- Balix: Vélez
- Ballagona: Ballabona 
- Bastha: Baza
- Bayra: Vera - Campo de Naura: Campico de San Miguel / La Concepción 
- Hurtal: Úrcal
- Lurqa: Lorca 
- Machael: Macael
- Nahr al-Mansura: Río Almanzora 
- Obera: Overa
- Ru´aa Filabris: Sierra de los Filabres 
- Xuxena: Zurgena
- Wädi l-Mansura: Río Almanzora 
- Warqal: Huércal

* Las imágenes han sido creadas con varios programas de inteligencia artificial.

Este relato histórico aparece en la obra "LETRAS DE PALACÉS. NARRATIVA 2" editado por Arráez Editores en mayo de 2025, páginas 157-168.


                              (C) ANDRÉS SÁNCHEZ DOMÍNGUEZ 2025/2026

viernes, 5 de noviembre de 2021

LA BATALLA DE ZURGENA "PALACÉS": 12 DE FEBRERO DE 1407

     El 6 de octubre de 1406 se firma en Madrid la tregua de paz entre el rey de Castilla Enrique III y el emir nazarí Muhammad VII, la tregua fue rubricada con validez para dos años, pero dos días antes de su firma los granadinos atacaron Baeza entrando por Quesada. El tratado contemplaba su vigencia desde el primero de mes, por lo que Enrique III consideró que el ataque nazarí era una ruptura de la tregua e inició la preparación de una guerra general contra Al-Andalus convocando las Cortes para recaudar los fondos necesarios (1). Pero el rey castellano no llegaría a ver cumplido su deseo, ya que muere el 25 de diciembre de 1406 (2), sucediéndole su hijo Juan II de tan solo dos años. Se inicia así la regencia de su madre Catalina de Lancáster y de su tío Fernando de Antequera (3).



Reino de Granada siglo XV
(C) https://es.wikipedia.org/wiki/Reino_nazarí_de_Granada

    Enrique III había enviado el 27 de mayo de 1406 al mariscal de Castilla Hernán García de Herrera a tierras murcianas “para que estén en esa frontera de los Moros, y hagan las cosas que cumplieren á mi servicio en guarda, y defendimiento de esa tierra” (4) parece ser que hubo algunos problemas entre el mariscal y los nobles murcianos, ya que los regentes tuvieron que reafirmarlo el 30 de enero de 1407 (5).
    Hay controversia entre los cronistas antiguos e historiadores modernos sobre los motivos de la entrada de las tropas murcianas hasta Vera, los primeros afirman que gracias a un espía de Lorca se supo que el alguacil mayor de Granada, Reduán, se había situado en Vera con 1.500 caballos y 12.000 peones y otro caudillo en Orce, para invadir el reino de Murcia y posteriormente Valencia; los segundos, según parece más acertados, sostienen que la iniciativa fue murciana, llevados por la codicia de llevarse de sus campos una buena presa de ganado aprovechando que el ejército granadino estaba ocupado en otro sector de la frontera (6). Del mismo modo hay otro debate con las fechas de la salida murciana de Lorca, unos la sitúan el 6 de diciembre de 1406 (7) y otros el 9 de febrero de 1407 (6). Nosotros creeremos a estos últimos y como el padre Tapia seguiremos la cronología de la Crónica de don Juan II.

Juan II de Castilla
(C) https://dbe.rah.es/biografias/13439/juan-ii-de-castilla

    En enero de 1407 el mariscal García de Herrera convoca a los fronteros de Lorca y a los alcaides importantes del reino de Murcia; de este llegaron a Lorca con sus huestes: Pedro López Fajardo, comendador de Caravaca; Juan Fajardo, señor de Molina; Fernán Pérez Calvillo, alcaide de Alguazas y Cotillas; Alonso Yáñez Fajardo, señor de Librilla; Gonzalo de Saavedra, alcaide de Archena; Ramón de Rocafull, señor de Albatera; Enrique Bel, señor de Pinilla; Jaime Masquefa, señor de Daza (6), además de Martín Fernández Piñero, Garci López de Cárdenas, comendador de Socovos (7); y las milicias concejiles de Murcia al mando del alguacil Juan Cornejo. Componían un ejército de 80 hombres de armas, 500 jinetes y tres mil infantes con lanzas y ballestas (6).

* Martes, 8 de febrero 1407: Terminan de reunirse las tropas castellanas en Lorca.

* Miércoles, 9 de febrero: Salen de Lorca las huestes al mando del mariscal, encaminándose por el camino de la Fuente de Pulpí, hacia Vera.

* Jueves, 10 de febrero: Las huestes cristianas llegan a Vera a la hora de tercia (9 de la mañana) “E hallaron los moros bien apercibidos, porque avia tres días que eran avisados del ayuntamiento de los christianos” (8), Reduán había sido avisado por sus espías de la salida de Lorca y temiendo la lucha dividió sus tropas entre las ciudades y villas de la frontera, dejando sólo en Vera “trescientos ginetes y mil peones”. Los musulmanes no admitieron el desafío, cerraron las puertas de la ciudad y se fortificaron temiendo el ataque murciano (7), el mariscal viendo que no respondían a su desafío asentó su Real en unas huertas y parrales cercanas a la ciudad, las cuales mandó talar, quebrando unos molinos y quemando cincuenta casas de alquerías (8), convocando a consejo a sus caballeros (7). Decidida la ofensiva mediante el ataque compaginado a las tres puertas que tenía la ciudad, donde se situarían el pendón de Lorca en una, el de Murcia en otra y el mariscal en la última. Entrada la tarde se inicia el asalto junto a las murallas, pero al no tener los cristianos escalas ni mantas no pudieron asaltarlas, hubo cuatro cristianos y varios moros muertos, además de muchos heridos por los dos bandos (9), pero todo quedó en tablas al llegar la puesta de sol. Los de Vera pasaron la noche en las murallas y los murcianos en su campamento, recelando ambos del ataque del enemigo (6).

* Viernes, 11 de febrero: Por la mañana el mariscal manda saquear y quemar un gran arrabal fuera de la ciudad de Vera y enterado que habían llegado a Suxena, lugar a tres leguas de Vera a poniente, quinientos caballeros moros y dos mil peones llegados desde Baza para socorrer a Vera (2) al mando del caudillo de Baza, Alí ben Muza (6), deseando la acción, aún sabiendo que estaba a corta distancia de Huércal, Overa, Arboleas, Albox, Cantoria y otras poblaciones, mandó marchar su campo con toda destreza tomando el camino de la Vallabona (2) al medio día.

    Ni cronistas ni historiadores señalan dónde se estableció el Real del mariscal esa noche, sólo Morote indica que “… tomando el camino de la Valla-bona. Luego que las Centinelas de su Torre, hasta oy con toda su integridad permanente, descubrieron á los Christianos, dieron abisso con la ahumada á los Moros de los vecinos pueblos” (7). Debieron pernoctar pasada la Ballabona, quizás en la actual La Concepción, ya que todos los cronistas indican que los cristianos “llegaron á Xuxena otro día al alva” (2).

Crónica del señor Rey don Juan II
(C) Fernán Pérez de Guzmán 

* Sábado, 12 de febrero. Cuando los zurgeneros y las huestes de Alí ben Muza vieron que las tropas murcianas llegaban, salieron al campo, aquí tampoco se señala el lugar exacto, en las Crónicas de Juan II se dice: “el combate se desarrolló en el campo frente a Zurgena” (6); y Morote indica “… salieron valerosos á encontrarse en lo llano del río con los Christianos” (7), podemos suponer que el lugar llano y el campo con vista a Zurgena es en las inmediaciones de Palacés.

    Según indica el padre Tapia, en la batalla de Zurgena se dio la “fiesta más real de moros y cristianos que tenemos noticia, paradigma cruento de las que ahora alegran las fiestas patronales en tantos pueblos almerienses”, ya que la disposición de los ejércitos fue la siguiente: Los de caballo musulmanes se pusieron en una batalla y los peones, lanceros y arcabuceros en otra; viendo los cristianos esta formación, García de Herrera dispuso a sus huestes en una batalla la gente a caballo con los de armas en la delantera y los peones hicieron dos batallas, una de dos mil quinientos y otra de quinientos escogidos (6). La contienda comenzó con el ataque de la infantería, para posteriormente entablar combate la caballería, los cronistas señalan la destreza y el valor de los cristianos y la gallardía mora, pero las tropas a caballo castellanas lograron arrollar a las del enemigo, haciendo que estos “se retiraran a unos olivares de Suxena” (7), suponemos que son los olivares de La Alfoquía cercanos al río Almanzora, opinión compartida por García Gallego cuando indica que de la Crónica de Juan II podemos extraer el dato: “que existía frente al castillo, al otro lado del río, un gran olivar capaz de proteger a una tropa de varios miles de soldados cristianos que pusieron su real en esta parte del río” (9). Quedaron (siempre siguiendo a los cronistas castellanos) muertos en la batalla 78 caballeros moros y 100 peones, además de 19 jinetes hechos presos (8).
    Los murcianos persiguieron a los moros hasta meterlos en la población, cerrando las puertas, los cristianos combatieron toda la tarde y la tomaron al asalto por la fuerza de las armas quebrando las puertas (6), los moros a caballo viendo la entrada castellana huyeron por la parte de la villa que no se combatía (8), los demás se retiraron al castillo. Los cristianos intentaron atacar el castillo, pero la llegada de la noche les hizo salir de la villa y asentarse en su Real (6). Las bajas moras del asalto fueron de 34 de a pie que no pudieron acogerse en el castillo; los murcianos muertos fueron 20 de armas y muchos peones, y muchos heridos por ambas partes (9).

Castillo de Zurgena
(C) https://www.visit-andalucia.com/one_post.php?id=896&title=zurgena-alfoquia

* Domingo, 13 de febrero. Los murcianos saquean Xuxena, encontrando grandes despojos de la lucha, llevándose cien caballos, corazas, adargas y espadas (8). El recuento de bajas (según los vencedores) fue por parte musulmana de 78 jinetes muertos, entre ellos el caudillo de Baza, Alí ben Muza, 100 peones muertos en la batalla y 40 en el asalto, 19 cautivos e innumerables heridos; por parte castellana murieron 20 hombres de armas y 100 peones, y 150 heridos (6).

    En total las tropas castellanas estuvieron 5 días y cinco noches en tierras del Almanzora, para terminar partiendo de Zurgena sin combatir el castillo, ya que “fueron certificados que mucha gente de los moros se ayuntaban para venir contra ellos” y “los cristianos se bolvieron cada uno a su casa mucho alegres con esta victoria. Lo que sabido por la reyna y por el infante vieron dello gran placer” (8).

Ginés Pérez de Hita en su Canto Noveno de las Guerras Civiles de Granada nos relata “De la batalla de Zurgena y de lo que en ella pasó”.



La batalla de Zurgena
(C) Ginés Pérez de hita

BIBLIOGRAFÍA

(1) Muhammad VII. Real Academia de la historia. Francisco Vidal Castro. 
https://dbe.rah.es/biografias/6676/muhammad-vii
(2) Ginés Pérez de Hita. Estudio biográfico y bibliográfico. Nicolás Acero y Abad. Tipografía de Manuel G. Hernández. 1888. Página 263-264, 269, 271-273.
(3) Juan II de Castilla. 
https://es.wikipedia.org/wiki/Juan_II_de_Castilla
(4) Discursos históricos de la muy noble y leal ciudad de Murcia. Francisco Cascales. Francisco Benedito, Murcia 1775. Página 226.
(5) Documentos de la minoría de Juan II. La regencia de don Fernando de Antequera. María Victoria J. Vilaplana Gisbert. Colección de documentos para la historia del reino de Murcia. Real Academia Alfonso X el Sabio. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Murcia 1993. Pág. 15.
(6) Historia de la Vera antigua. Capítulo 4º. La Guerra de fronteras. III Guerras civiles en Granada y Castilla (1381-  1432). José ángel Tapia Garrido. Excma. Diputación Provincial de Almería. 1987. Página 229-231.
(7) Antigüedades y blasones de la ciudad de Lorca. Parte II, Libro III, capítulo VII. Pedro Morote Pérez. Francisco Joseph López Mesnier. 1741. Página 337-338.
(8) Crónica del señor rey don Juan II. Fernán Pérez de Guzmán. Imprenta de Benito Monfort. Valencia 1779. Pág. 40-41.
(9) Crónica de Juan II de Castilla. Juan de Mata Carriazo y Arroquia. Real Academia de la Historia. Madrid 1982.  Pág. 67-68.
(10) La Alfoquía en el eterno recuerdo. José García Gallego. Libro de Fiestas de la Alfoquía 1992. Ayuntamiento  de Zurgena. Pág. 1.

                                 (C) Andrés Sánchez Domínguez 2021